María Ponce es ingeniera y cofundadora de Chicas en Tecnología, una organización que busca reducir la brecha de género en el mundo digital. Su trabajo ya impactó a miles de adolescentes que hoy programan, lideran y crean soluciones para sus comunidades. Tecnología e inclusión, en código abierto.
En un mundo donde la mayoría de los programadores son hombres, María decidió cambiar el código. Desde Argentina, impulsa un movimiento que ya formó a más de 15 mil jóvenes. Una historia donde la tecnología se convierte en herramienta de transformación social.
María Ponce, la ingeniera que enseña a programar igualdad desde las aulas argentinas.
María Ponce se recibió de ingeniera informática en una época donde era casi la única mujer en sus aulas. Esa experiencia de soledad no la desanimó, pero sí le dejó una marca: la convicción de que algo tenía que cambiar.
Años más tarde, junto a un grupo de colegas, fundó Chicas en Tecnología, una organización sin fines de lucro que busca cerrar la brecha de género en el mundo digital. La propuesta era clara: motivar a adolescentes mujeres a interesarse por la tecnología, enseñarles a programar, y sobre todo, mostrarles que podían ser protagonistas de las soluciones que el mundo necesita.
Chicas en Tecnología: Empoderando a las nuevas líderes digitales desde las aulas públicas
Desde su fundación en 2015, el proyecto no paró de crecer. Empezaron con talleres presenciales en escuelas públicas del conurbano bonaerense. Después vinieron las mentorías, los encuentros regionales, las capacitaciones virtuales y alianzas con empresas tecnológicas. El enfoque es integral: enseñar habilidades técnicas, fomentar el pensamiento crítico y empoderar a las chicas para que lideren.
Los resultados hablan solos: más de 15.000 chicas formadas en Argentina y otros países de la región. Muchas de ellas desarrollaron apps, emprendimientos sociales o se animaron a carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) gracias a esa primera oportunidad.
Pero el impacto no es solo numérico. Chicas en Tecnología transformó el imaginario colectivo. Las chicas ya no se ven solo como usuarias de tecnología: se ven como creadoras. Ya no esperan a que alguien más diseñe el futuro, porque entendieron que pueden hacerlo por sí mismas.
María Ponce sigue al frente del proyecto, viajando, capacitando, diseñando nuevas estrategias. Cree en la educación como motor de equidad. Y en la tecnología como un lenguaje universal que, bien usado, puede abrir puertas, romper estereotipos y cambiar destinos.
Su historia es una prueba más de que los negocios, el emprendimiento y la innovación no son solo cosa de Silicon Valley. También pasan en aulas públicas, con computadoras prestadas, en barrios donde la brecha digital es real. Y con liderazgos que no buscan brillar, sino multiplicarse.



