El Presidente habló con el jefe de Gabinete tras su regreso de Hungría. No tiene previsto cambios en su equipo y rechaza las acusaciones de corrupción que impulsa el kirchnerismo, que hará una demostración de fuerza en la marcha por los 50 años del Golpe
Marzo no suele ser un mes benigno para el poder. La advertencia atraviesa siglos y geografías. Desde la Roma de Julio César hasta la Argentina contemporánea, los terceros meses del calendario concentran crisis, quiebres políticos y puntos de inflexión. No es una categoría científica, pero sí una regularidad histórica que la política —siempre atenta a los símbolos— incorpora como marco interpretativo. En ese registro, Javier Milei transita su propio “idus de marzo”, en el tercer mes de su tercer año de Gobierno, con un combo que combina presión política, ruido judicial y señales económicas ambiguas.
El paralelo no es meramente retórico. La política argentina tiene una relación recurrente con marzo como punto de inflexión. Cristina Kirchner lo experimentó en 2008, cuando el 11 de ese mes firmó la resolución 125 que detonó el conflicto con el campo. Aquella decisión no solo abrió una crisis sectorial: terminó con el “voto no positivo” de Julio Cobos, selló la ruptura con amplios sectores del interior y coincidió con el inicio de la crisis subprime internacional, que tuvo en la caída de Bear Stearns su primer síntoma estructural antes del colapso de Lehman Brothers. Líos afuera, que encontraron a la Argentina con líos adentro.
Mauricio Macri, a su vez, tuvo su propio marzo crítico en 2018. Fue cuando pronunció aquella frase —“lo peor ya pasó”— que quedó desmentida por los hechos semanas después, cuando anunció el regreso de la Argentina al Fondo Monetario Internacional, marcando el inicio del tramo final de su gobierno. Alberto Fernández también enfrentó su momento de inflexión en marzo de 2022, con el impacto global de la invasión rusa a Ucrania y la ruptura interna del Frente de Todos, cristalizada en el voto en contra de La Cámpora al acuerdo con el FMI y la renuncia de Máximo Kirchner a la jefatura del bloque oficialista.
El presente no desentona. Milei llega a este marzo con un frente externo complejo —marcado por una nueva escalada bélica en Medio Oriente, con impacto directo en los precios internacionales del petróleo— y con tensiones internas que combinan variables económicas, judiciales y políticas. A ese cuadro se suma la crisis en desarrollo por el caso $Libra y las acusaciones que alcanzan al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a partir de la revelación de su viaje a Nueva York y Punta del Este.
En ese contexto, el Presidente regresó de Hungría y tomó una decisión política inmediata: sostener a Adorni y ordenar la gestión. La conversación que mantuvo con su jefe de Gabinete fue, en ese sentido, un gesto de respaldo explícito. No habrá cambios en el equipo. La lectura en la Casa Rosada es que ceder en este punto implicaría validar el eje de ataque que impulsa la oposición.
Milei está particularmente fastidiado por lo que considera una ofensiva coordinada. En los últimos días, intensificó su actividad en redes sociales, donde cuestionó con dureza las coberturas que describen un clima de deterioro económico y social. Su diagnóstico es que existe una intencionalidad política en la construcción de esa narrativa, que no se condice —según su visión— con los datos duros de la economía.
En ese plano, el Gobierno exhibe cifras que considera contundentes. El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, sintetizó esa mirada en un mensaje público: la economía creció 4,4% interanual en 2025, con un incremento del 16,4% en la inversión, del 7,9% en el consumo privado y del 7,6% en las exportaciones. En el cuarto trimestre del año pasado, el PBI se expandió 0,6% en términos desestacionalizados y 2,1% en comparación interanual. A precios constantes, el producto alcanzó un máximo histórico, ubicándose 1,1% por encima del pico previo de 2022. Doce de los dieciséis sectores de actividad mostraron subas, con destaque para hoteles y restaurantes (+7,4%), el agro (+6,2%) y la construcción (+4,3%).
Sin embargo, esos datos conviven con señales más complejas en la microeconomía y en los ingresos que vienen corriendo de atrás la inflación. Ya no existe el desquicio de las remarcaciones cotidianas del último gobierno kirchnerista, pero las correcciones en las góndolas encuentran a la mayoría de los asalariados con sus ingresos casi estancados. Ese contraste entre los indicadores macro y la percepción cotidiana alimenta la disputa por el relato. Para el oficialismo, los datos estructurales validan el rumbo. Para la oposición, la experiencia diaria de los ciudadanos desmiente ese optimismo. En ese terreno, se inscribe la ofensiva política que el Gobierno identifica como un intento de erosionar su capital simbólico.



