Walter Giaccaglia creció en un pueblo bonaerense de mil habitantes, trabajó desde chico, atravesó dos veces un tratamiento oncológico y hoy impulsa un negocio familiar que apuesta por el congelado como forma de consumo.
A los 16 años, Walter Giaccaglia ya sabía que para ganar dinero había que trabajar. En Del Carril, un pueblo de mil habitantes en el partido bonaerense de Saladillo, salir con amigos un fin de semana implicaba antes meterse en el campo a cosechar choclos. “Nos alcanzaba para salir el sábado y estábamos felices”, recordó sobre esas jornadas en las que llenaba bolsas de arpillera.
Esa lógica de esfuerzo temprano se mantuvo como una constante. Con el tiempo se mudó a Buenos Aires para estudiar, trabajó en una agencia de autos y luego en el taller de acolchados. Décadas después, y tras atravesar dos veces un tratamiento contra el cáncer, lidera qüem, una empresa de alimentos congelados que hoy factura unos US$6 millones al año.
Hubo cambios de rubro, decisiones tomadas a contramano del resto y etapas en las que tuvo que volver a empezar: “Los emprendedores no entendemos lo que es vivir relajados porque nacimos para emprender”.
Del campo a la ciudad
La infancia de Giaccaglia estuvo marcada por la cultura del trabajo. Iba al secundario en Saladillo y muchas veces llegaba a dedo o en tren, mientras combinaba estudio con tareas rurales.
El salto a la capital porteña ocurrió cuando tenía 22 años. Empezó a estudiar Marketing y consiguió trabajo en una agencia de autos, donde dormía en un sillón. “Me gustaba porque recién estaba llegando y sentía que estaba en Buenos Aires”, contó.

Más tarde se mudó a lo de una tía que fabricaba acolchados y convirtió el taller en su dormitorio improvisado. “Dormía arriba de los acolchados, me tapaba con ellos y los tenía de almohada”, recordó.
El punto de inflexión profesional llegó cuando entró en el negocio de la publicidad en vía pública. Allí escaló rápido hasta manejar miles de carteles. “Llegamos a tener unos 4000”, señaló. Esa empresa se vendió en 1999,pero la salida no implicó estabilidad.
La enfermedad y el impulso para no aflojar
En paralelo al crecimiento empresarial, su vida personal atravesó un momento crítico. En 1994 le diagnosticaron un primer tumor. El tratamiento lo enfrentó a una decisión que redefinió su rumbo.
“Me enfrenté cara a cara con la finitud y tomé la decisión de vender la empresa para vivir de una manera más relajada”, explicó Giaccaglia. Sin embargo, esa búsqueda chocó con su propia naturaleza. “Los emprendedores no entendemos lo que es vivir relajados”.
Después de vender la compañía de publicidad y firmar un acuerdo de no competencia, exploró otros negocios sin buenos resultados. El salto hacia un proyecto propio volvió a aparecer, esta vez en un rubro completamente distinto.
La apuesta en un mercado incipiente
La oportunidad surgió en 2018, cuando supo de la crisis de una empresa de alimentos congelados con problemas financieros y de crecimiento. “Vi una oportunidad enorme de tener mi propio proyecto”, explicó sobre el origen de qüem.
Para ingresar, invirtió US$250.000 para ordenar la estructura de la compañía, que había sido pensada para franquicias sin tener resueltos aspectos básicos como logística, stock o infraestructura de frío. “Había que poner el caballo delante del carro”, resumió.

La primera decisión fue abrir locales propios para construir un modelo replicable. Vicente López, Lanús y Olivos funcionaron como prueba. A partir de ahí, comenzaron a llegar las franquicias.
El contexto no ayudaba. El consumo de congelados todavía generaba desconfianza. “Iba a un asado con amigos y me decían: ‘¿Qué vendés? ¿Papitas, hamburguesas?’”, recordó entre risas. El desafío era un cambio cultural.
La pandemia aceleró ese cambio hacia el consumo de alimentos listos o fáciles de preparar. Fue entonces cuando decidió invertir en ampliar la planta.
Una nueva redefinición personal
En 2021, cuando qüem estaba en expansión, Giaccaglia volvió a enfrentarse a un diagnóstico grave. Un nuevo tumor que requirió quimioterapia y una operación compleja. “Pensé que era el final de la historia”, dijo sobre ese momento.
Ese proceso tuvo también un costado personal decisivo. Conoció a su actual esposa un mes antes de la operación y fue ella quien lo acompañó durante el tratamiento.
En 2022, tras recibir el alta, tomó una decisión que volvió a cambiar el rumbo del negocio: “Decidí comprarle a mi socio su parte y empezar este proyecto como una estructura familiar”. Su hijo Matías volvió de Colombia y se sumó a la empresa.
El modelo qüem

Hoy qüem cuenta con siete locales propios, diez franquicias y un sistema de “corners” que funciona como uno de sus principales motores de crecimiento y que proyecta llegar a los 100 este año. El modelo consiste en instalar freezers en comercios de cercanía, con mercadería que en muchos casos se entrega en consignación.
Cada freezer cuesta alrededor de US$1000, pero evita costos de alquiler, personal y servicios. Ese formato permitió escalar con rapidez y llegar a distintos puntos del país.
El portafolio supera los 350 productos, aunque cada punto de venta trabaja con entre 30 y 50 de alta rotación. La mitad corresponde a marca propia, que incluye frutas, verduras, rebozados, guarniciones, chipas y empanadas. El resto se divide entre productos distribuidos oficialmente, Franuí y otras marcas.
La incorporación de tortillas, milanesas y empanadas responde a cambios en los hábitos de consumo, con una demanda creciente de soluciones prácticas, aunque el producto más vendido sigue siendo el mix de frutos rojos.
Para próximos proyectos aparecen la robotización de la planta, el uso de inteligencia artificial y el desarrollo de tiendas inteligentes sin personal, con pruebas piloto en countries. También avanza una línea gourmet llamada “Orígenes”, pensada para integrar a productores regionales que no tienen acceso a grandes cadenas.
Emprender como forma de vida
La experiencia personal atraviesa su mirada empresarial. El paso por la enfermedad redefinió sus prioridades. “Ya no aparece el deseo de ganar plata, sino la sensación de pertenecer a un grupo de sobrevivientes que podemos aportar algo”.
Emprender no aparece como una etapa, sino como una condición permanente. Desde aquel adolescente que juntaba choclos para salir el fin de semana hasta el empresario que lidera una compañía en expansión, la premisa fue siempre trabajar, adaptarse y volver a empezar.



