La idea de Gastón Arcucci, Manuel Pucheta y Nicolás Olleac nació de charlas familiares en las chacras del Alto Valle de Río Negro. Un terreno hipotecado les permitió comprar el primer horno y así nació Fruch Patagonia, la pyme que convirtió a la fruta en un snack saludable.
Cada vez que se subían al auto para viajar por el Alto Valle, la conversación terminaba en el mismo lugar. Rodeados de manzanas desde chicos, Gastón Arcucci y su primo Manuel Pucheta estaban convencidos de que la fruta que definía la economía de la región todavía tenía algo más para dar. Los dos eran licenciados en Alimentos, tenían empleos estables, cargos jerárquicos y una carrera profesional consolidada, pero seguían dándole vueltas a la misma idea que los acompañaba desde la facultad.
Pasaron años imaginando qué producto podían desarrollar hasta que encontraron una respuesta y, después de pruebas, errores y fracasos, y de sumar al desafío a un tercer primo, Nicolás Olleac, lograron fabricar algo que no existía en la Argentina: el primer chip crocante de manzana horneada del país.
El emprendimiento nació en una vieja despensa de Cipolletti, atravesó errores, deudas, máquinas que no funcionaban y una hipoteca para comprar el primer horno. Hoy, Fruch Patagonia cuenta con fábrica propia, emplea a 20 personas, produce 1 millón de paquetes al año, los chips se venden en las góndolas de grandes cadenas de todo el país y se exportan a Brasil y Paraguay.
“Si evaluamos el éxito de haber logrado desarrollar una idea que siempre tuvimos y que hoy se impone, somos un caso para seguir”, resumió Arcucci en diálogo con TN.
La búsqueda fue larga. El objetivo era lograr una textura distinta, capaz de convertir una rodaja de manzana en un snack verdaderamente crocante.
“Empezamos a hacer pruebas escondidos en la bodega con secadores y todo lo que se te ocurra”, relató Arcucci. Ninguno de los ensayos daba el resultado esperado hasta que decidieron probar una tecnología diferente en Buenos Aires. Las primeras experiencias volvieron a fracasar, pero una última prueba terminó de convencerlos.
“Salió la primera rodaja que hizo crunch y se rompió. Ahí decidimos arrancar”, recordó. Esa rodaja marcó el comienzo de la aventura emprendedora.
Convencidos de que habían encontrado algo novedoso, alquilaron una despensa de casi 70 años de antigüedad y la acondicionaron ellos mismos. “Fue muy a pulmón”, resumió Arcucci.
La producción inicial era pequeña. Fabricaban entre 100 y 200 paquetes por día con un solo horno y combinaban el emprendimiento con sus empleos formales. Antes de ir a trabajar, preparaban la materia prima y, cuando terminaba la jornada, regresaban para continuar la producción hasta la noche.
La respuesta de los clientes empezó a acelerar los tiempos. Regresaban a comprar y cada vez pedían más cantidad. “Entendimos que teníamos que hacerlo distinto, porque la gente volvía y nos pedía de a diez paquetes”, explicó.
La decisión que siguió implicó un salto al vacío. Tanto Arcucci como Pucheta ocupaban posiciones jerárquicas dentro de la industria vitivinícola. Aun así, eligieron abandonar esa estabilidad para dedicarse por completo al negocio propio, que recién daba sus primeros pasos. En 2019 se sumó Olleac, que decidió invertir en el proyecto familiar y aportar capital para una nueva etapa de crecimiento.
Dos años más tarde inauguraron una planta propia en General Fernández Oro. La fábrica permitió aumentar la escala y empezar a pensar en nuevos mercados.
Para comprar el primer horno industrial, Arcucci tomó una decisión clave. “Para la primera inversión hipotequé lo único que tenía, un terreno”, contó.
Pero el crédito demoró cerca de un año y medio en salir y los socios terminaron afrontando gran parte de la inversión con recursos propios. “En ese momento eran $890.000. Lo hipotecamos a un dólar a $17 y cuando nos dieron ese monto el dólar estaba a $47, así que imagínate para lo que nos alcanzó”, señaló.
Los problemas tampoco se limitaron al financiamiento. Los números proyectados no coincidían con la realidad y casi todos los procesos iniciales requirieron correcciones. “El Excel decía que haríamos un millón de paquetes y hacíamos 30”, recordó.
También fallaron buena parte de los procedimientos que habían imaginado antes de empezar. “Todo falló. El envase, el paquete, la cortadora que hizo puré, los hornos que no funcionaban. Pero le fuimos encontrando la vuelta”, resumió. Para Arcucci, el aprendizaje llegó más por acumulación de errores que por aciertos inmediatos. “Nuestro aprendizaje fue siempre a través del ensayo y error”.
La innovación de Fruch Patagonia estuvo en desarrollar un sistema de horneado capaz de generar una textura extremadamente crocante sin utilizar grasas. El resultado fue un producto elaborado íntegramente en la Patagonia, apto para celíacos, sin sodio, alto en fibra y libre de grasas.
La empresa produce actualmente tres variedades: manzana roja, manzana verde y manzana roja sin azúcar en corte americano. “En las ferias la gente nos pregunta si es papa frita de manzana, por esa textura que hace crunch y se rompe”, explicó Arcucci.
Después de años de perfeccionar el proceso, sostiene que todavía no existe otro producto igual fabricado en el país. “En la Argentina somos los únicos con este formato de rodajas deshidratadas tan crocantes”, aseguró.
La aceptación del mercado les permitió ingresar a cadenas como Jumbo, Disco, Carrefour y La Anónima, además de estaciones de servicio y dietéticas. También comenzaron a exportar a Brasil y Paraguay, donde ya lograron presencia en supermercados y cadenas regionales.
Actualmente, la planta tiene capacidad instalada para producir hasta 250.000 paquetes mensuales, aunque el volumen efectivo ronda los 80.000 y varía según la demanda interna y las exportaciones. El crecimiento se sostuvo principalmente con reinversión de utilidades, una decisión que obligó a avanzar más despacio, pero les permitió conservar el control del negocio. “Es difícil porque cada máquina nueva debe salir de las ventas”, explicó Arcucci.
La familia sigue ocupando un lugar central en la historia de la empresa. Durante los primeros años, padres, hermanos, tíos y primos colaboraban los fines de semana para preparar la producción de la semana siguiente. Esa experiencia terminó convirtiéndose también en la identidad de la marca. “Nuestro lema es ‘Cada familia tiene una historia, bienvenidos a la nuestra’“, señaló.
Aquella idea, que nació entre primos que pasaban horas hablando de manzanas, terminó convirtiéndose en una empresa que transformó un producto regional en un snack exportable. Lo que durante años fue apenas una conversación recurrente hoy sale de una fábrica patagónica rumbo a góndolas del país y del mundo.



