(*) Columnista invitado. Las cauciones tocaron el 38% anual y el crédito privado cayó en términos reales. Detrás de los titulares hay una regla básica de macroeconomía que conviene entender para leer lo que viene.
El martes las tasas cortas en pesos volaron. La caución bursátil a un día, que es el préstamo de plazo más corto del mercado y suele funcionar como termómetro de la liquidez inmediata, llegó a operar al 38% de tasa nominal anual. Al día siguiente se acomodó en torno al 29%, con el Banco Central saliendo a ofrecer pases activos para contener el rebote.
La TAMAR, que es la tasa mayorista de referencia entre bancos, tocó su nivel más alto desde abril. Y toda la curva de Lecaps, la deuda corta del Tesoro en pesos, pasó a cotizar por encima del 2,2% mensual.
Detrás del ruido hay una regla que vale la pena entender, porque explica no solo esta semana, sino los próximos meses. Un banco central puede fijar el precio del dólar o puede fijar el nivel de la tasa de interés. No puede fijar los dos al mismo tiempo. Si intenta hacerlo, alguna de las dos variables termina saltando por su cuenta.

El banco central puede fijar el precio del dólar o puede fijar el nivel de la tasa de interés, las dos juntas no. (Foto: Agustín Marcarian/Reuters).
La lógica es directa. Si el Gobierno decide que el dólar mayorista no puede superar cierto nivel —hoy, el techo de facto son los $1500—, cada vez que la demanda de dólares aumenta, el Banco Central tiene que salir a venderlos. Vender dólares implica retirar pesos del mercado, lo que reduce la liquidez disponible. Menos pesos dando vueltas significa que quienes los necesitan tienen que pagar más caro para conseguirlos. Y eso es, técnicamente, una suba de la tasa de interés.
El proceso también funciona al revés. Si el Gobierno prefiere sostener una tasa determinada, no puede al mismo tiempo defender un valor específico del dólar: alguno de los dos tiene que ceder. En economía es una versión doméstica de lo que los libros llaman “trinidad imposible”. En criollo: elegí uno, no los dos.
El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, fue explícito esta semana en una charla con la Fundación FIEL: “Nosotros mantenemos un sesgo contractivo mientras la inflación permanezca por arriba de nuestro objetivo. No hay que esperar que el Banco Central esté buscando incentivar la actividad económica a través de herramientas monetarias”.
La traducción es simple: el Gobierno eligió sostener el ancla cambiaria y la desinflación, aun a costa de tasas más altas y actividad más floja.
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El costo real de esa elección ya se está viendo. En julio, el crédito al sector privado cayó 1% en términos reales, según datos del BCRA. El único segmento que creció por arriba de la inflación fue el hipotecario; el resto —consumo, tarjetas, préstamos comerciales— quedó abajo. La curva de bonos ajustados por inflación, la CER, incorpora hoy tasas reales del 10% anual en el tramo largo y del 8% al 9% en los vencimientos que operan durante 2027. Son tasas reales altísimas para cualquier estándar internacional, y explican por qué el crédito no arranca.
Acá aparece la tensión política de fondo. Para reactivar la economía real, la que se vive en el supermercado y en la fábrica, hay que bajar las tasas de interés. Con tasas de dos dígitos en términos reales, ninguna empresa invierte y ninguna familia se endeuda para consumir bienes durables. Pero para bajar las tasas hay que soltar, al menos un poco, el techo del dólar. Y soltar el techo, en un año preelectoral, tiene un costo político que el Gobierno hasta ahora no está dispuesto a pagar.

Para reactivar la economía real, la que se vive en el supermercado y en la fábrica, hay que bajar las tasas de interés. (Foto: Ilustrativa/Adobe Stock)
El resultado es un equilibrio incómodo. El dólar oficial se mantiene planchado, la inflación desacelera, pero la actividad se estanca y el crédito se seca. Es el trade-off que el propio Bausili ratificó, y es la razón por la cual quienes miran de cerca el mercado saben que la foto actual no puede sostenerse indefinidamente. En algún momento, alguna de las dos variables va a ceder.
Para el ahorrista, el inversor y el empresario que están leyendo esto, la lección práctica es una. No hay que mirar el dólar o la tasa por separado, como si fueran dos noticias independientes. Son dos caras de la misma decisión.
Cuando la tasa sube fuerte sin que suba el dólar, el Gobierno está gastando reservas o liquidez para sostener la paridad. Cuando el dólar sube sin que suba la tasa, es porque cedió el ancla. Y cuando las dos parecen tranquilas, alguien está pagando el costo en otro lado, normalmente la actividad. La macro argentina es, más que nunca, un juego de vasos comunicantes.



